Descubre una de las llaves más fáciles para transformar tu subconsciente

Uno de los cambios más significativos que hice al inicio de mi trabajo personal que marcó un antes y un después en mi vida y transformó mi realidad, fue modificar por completo la forma en la que me hablaba a mí misma. Era una de las cosas que se repetía en cada libro y cada formación que hacía; yo lo entendía si, pero aplicarlo me costaba barbaridades. Claro que, una de las formas que tenía de hablarme era a través de la exigencia, la impaciencia y el machaque constante.

A los 15 años, decidí escribirme 2 cartas al año y enviármelas para el año siguiente. Escogí el último día del año y mi cumpleaños. La verdad es que fue una decisión que tomé después de una conversación con mi padre. Él, siempre desaparecía por su cumpleaños y nos explicaba que era un día de reflexión para él. Yo, tardé años en comprenderlo y en aceptarlo aún más, pero recuerdo el día que cumplí 15 años y decidí escribirme una carta para los 16. Fue un año muy duro para mí y quería acordarme de lo que había aprendido. Esta fue la primera de todas las que empecé a hacerme años tras año. Decidí también coger el día de mi aniversario para estar un tiempo conmigo. Me encantó.

Un par de años después, al leer la carta de mi yo pasado, me di cuenta que la mayoría de objetivos y metas que me marcaba para fin de año no los cumplía y que eso me producía una sensación de auto abandono y rechazo, sentir que me había fallado a mí. Decidí escribirme también una carta el 31 de diciembre para el siguiente fin de año, dónde analizaba bien cada meta, cada intento, cada sensación y emoción, pensamientos, aprendizajes y logros. Se convirtió en una tradición en mí. De hecho, el mejor regalo tanto de Navidad como de Aniversario eran mis cartas de mi yo pasado al futuro, y en el momento de leerlas, al presente.

Cuando descubrí que la forma de hablarme estaba totalmente relacionada con los filtros de mi mapa del mundo: mis creencias, valores, programas, principios, experiencias pasadas, sensaciones y recuerdos; cogí todas las cartas escritas y recibidas por mí y analicé no qué decía sino cómo. Aluciné. ¿Me poseían mis padres al escribirlas? Eso parecía. Observé la exigencia, disciplina y severidad de mi padre en casi todos los párrafos de más de 10 cartas que leí. Y, obviamente, el rol victimista y salvador de mi madre, tranquilizándome después de la lista de «haceres», culpando y justificándome con personas, situaciones y cosas. Genial, en la misma carta tenía la incoherencia, el extremo de los extremos, el desequilibrio de lo que había sido mi vida. Una de cal y otra de arena.

Ahí fue cuando decidí transformar por completo mi forma de hablar. Poco a poco, con paciencia, sin luchar con lo que había sido hasta ahora mi vida. Aceptando el proceso de aprendizaje, perdonándome cuando erraba y comprendiendo que lo hacía lo mejor que podía. Queriéndome en cada intento diario, en cada descubrimiento, en cada toma de consciencia y sobretodo agradeciéndome todo mi trabajo, todo lo que hacía desde mi y para mi.

Os recomiendo, 100% escoger aunque sea un día del año para escribiros una carta a vuestro yo futuro. Cuando la abráis, leerla con atención, sin juicios ni críticas, poniéndole amor y intención de descubrir cosas de vosotros que no os podéis llegar a imaginar hoy.

«Tu forma de hablar es una prolongación de tu mapa mental. Pon atención a tus palabras y tendrás la llave para entrar y transformar tu subconsciente».

¿Cómo contribuyo en mí condicionamiento? ¿Cómo me libero de él?

«Tienes la oportunidad de escoger ser el prisioner@ de tu condicionamiento o liberarte de él». Recuerdo leer más de tres veces esta frase. Aún puedo recordar la sensación escalofriante que sentí por todo mi cuerpo. Yo, por aquel entonces, llevaba la culpa como fiel compañera de viaje. Hasta el maquinista del tren era culpable si llegaba un minuto más tarde de lo previsto. Mi sensación de malestar, insatisfacción y amargura era culpa de la sociedad, de la empresa dónde trabajaba, de los Einstein de mis clientes, del tráfico, del as de educación que me habían dado en la Universidad, del casero, la inmobiliaria, la calidad de la comida de los (súper)mercados y como no, de mis padres.

Mi sensación de vacío tenía muchas causas externas, y por tanto, mi rabia aumentaba a la par de mi sensación de esclava. Era una de mis frases favoritas y que además regalaba a cualquier «happy flower» que me encontrase: «no te das cuenta pero eres prisioner@ de tu vida. Estás eligiendo conformarte y ser un ignorante más». ¡Toma! Así, de gratis. Era una guerrera, una luchadora nata; pero en esos años de mi vida no me daba cuenta que mis batallas eran guerras inexistentes con personas inexistentes. Todo estaba ahí, en mi mente. Quería lograr mi paz interior luchando. ¡Qué gran coherencia, señorita!

Seguidamente a esta frase, nos proponían un vídeo ejercicio. En el vídeo salía una mujer que se movía de un lado para otro, con el ceño fruncido, cogiéndose la cabeza con las dos manos como si fuera a arrancársela y acababa señalando con el dedo índice de la mano derecha a sus dos padres. Después de verlo nos preguntaron a quién estaba apuntando esa mujerTod@s respondimos lo mismo, a los padres. Una clara proyección de nuestro estado mental.

Volvieron a poner el vídeo y lo detuvieron y ampliaron en el instante dónde apuntaba a sus padres. Tod@s nos mirábamos confirmando nuestra percepción. Entonces, el profesor dijo: ¿De los cinco dedos de su mano, cuantos apuntan a los padres? ¿Uno verdad? ¿Y cuantos a ella misma?. Recuerdo como volvió la misma sensación que había tenido unos minutos antes con la frase.

Lo que percibimos de lo que vivimos es una interpretación que depende de toda la información que almacenamos en nuestro inconsciente. No somos esclav@s de ello cuando la misma cadena puede volverse la llave de nuestra liberación. Si yo sé que lo que vivo es una proyección de mi mapa de la realidad, ni bueno ni malo, el mío, el que he ido construyendo para sobrevivir en mi entorno; mis experiencias son información para comprenderlo y poder transformarlo. Tengo la oportunidad de elegir entender que lo que vivo es neutro y que su teñido, de color o en blanco y negro, es mío y por tanto puedo transformarlo; o bien seguir culpando a quién o qué esté ahí como espejito mágico para seguir liberándome de mi responsabilidad, y a la vez, consecuente e inconscientemente seguir así encadenándome y regalando mi poder.

Si. La libertad conlleva una gran responsabilidad y por eso asusta. Yo pero decidí abrazar y trabajar mis miedos antes que regalar cada segundo de mi vida.