¿Causa o síntoma? La enfermedad como mensaje del cuerpo

Recuerdo el día que leí por primera vez que la enfermedad era una información que me manifestaba mi cuerpo alertándome de alguna incoherencia interna. Fue ese, el día que también descubrí que llevaba desde que tengo uso de razón siendo una de las personas más incoherentes consigo mismas. Me impactó.

Leí que mis dolencias físicas, mi malestar físico, encontrarme mal o estar cada dos por tres enferma, no eran más que síntomas de muchas causas internas con una misma base: NO ME AMABA. Mi vida transcurría sin sentido. Parche tras parche. No era feliz. Me maltrataba, me ignoraba, y vivía día tras día como si la vida fuera una lucha constante, como si todo y todo el mundo fuera en mi contra.

¿Piensas, sientes y haces/dices en coherencia? Esta preguntita me mató. Me costó dejar de luchar con ella. La verdad es que mi mente era una lavadora programada las 24 horas del día, 7 días por semana; sentir lo evitaba a toda costa y hacer y/o decir, depende del día tomaba mi impulsividad y rabia acumulada el control o mi evasión total con el mundo. Mi cuerpo me empezó a alertar desde muy pequeña con insomnio. Luego, llegó la ansiedad, los ataques de ira y tristeza, los dolores de cabeza agudos y constantes, ciática, bulimia, anorexia, psoriasis, dolores fuertes de menstruación, malestar en el sexo, mareos y desplomes.

Mi cuerpo ya no sabía de qué forma alertarme. Nada hacia que parara a observar qué y de qué forma estaba viviendo, y sobretodo, como me sentía. Fue el miedo a morir por una perforación de estómago y el sentimiento de orgullo propio, de fuerza interna que me nació al verme con tan solo 21 años muerta en vida, después de romper con mi pareja por su primera agresión física, lo que hizo sentirme en el punto de inflexión de cambiar o acabar de auto abandonarme.

El dolor fue quien cambió mi vida. Fue mi cuerpo, que intentó por A, por B y Z, avisarme de la necesidad de cambio. Pasé de verlo como un enemigo y hasta de tenerle miedo a convertirme en una con él. Escucharlo, sentirlo, mimarlo, hacer las paces con él. Aprendí muchísimas cosas sobre esta gran etapa de mi vida, pero sin duda, la que me quedó grabada e intento transmitir y compartir con quién se cruza en mi vida, es el gran poder que tenemos. 

Cambiar el porqué me pasa esto a mi, desde una posición de víctima, a el para qué, qué tengo que aprender, qué trata de decirme «x» o «y»; se convirtió en una de las bases de mi vida. Vivir. Estar en el aquí y en el ahora. Sintiendo(me).

Ninguna/o de nosotras/os es igual, ha vivido lo mismo, percibido y experimentado lo mismo. Se llama bioindividualidad. Se llama mapa y no territorio. Percepción y no realidad. Se llama vida, CONSCIENCIA.

No hay mejor ciencia que la que tenemos dentro. No hay mayor poder que la capacidad de elegir qué si y qué no es para nosotros.

No somos un cuerpo objeto, somos un cuerpo experiencia.

¿Cómo contribuyo en mí condicionamiento? ¿Cómo me libero de él?

«Tienes la oportunidad de escoger ser el prisioner@ de tu condicionamiento o liberarte de él». Recuerdo leer más de tres veces esta frase. Aún puedo recordar la sensación escalofriante que sentí por todo mi cuerpo. Yo, por aquel entonces, llevaba la culpa como fiel compañera de viaje. Hasta el maquinista del tren era culpable si llegaba un minuto más tarde de lo previsto. Mi sensación de malestar, insatisfacción y amargura era culpa de la sociedad, de la empresa dónde trabajaba, de los Einstein de mis clientes, del tráfico, del as de educación que me habían dado en la Universidad, del casero, la inmobiliaria, la calidad de la comida de los (súper)mercados y como no, de mis padres.

Mi sensación de vacío tenía muchas causas externas, y por tanto, mi rabia aumentaba a la par de mi sensación de esclava. Era una de mis frases favoritas y que además regalaba a cualquier «happy flower» que me encontrase: «no te das cuenta pero eres prisioner@ de tu vida. Estás eligiendo conformarte y ser un ignorante más». ¡Toma! Así, de gratis. Era una guerrera, una luchadora nata; pero en esos años de mi vida no me daba cuenta que mis batallas eran guerras inexistentes con personas inexistentes. Todo estaba ahí, en mi mente. Quería lograr mi paz interior luchando. ¡Qué gran coherencia, señorita!

Seguidamente a esta frase, nos proponían un vídeo ejercicio. En el vídeo salía una mujer que se movía de un lado para otro, con el ceño fruncido, cogiéndose la cabeza con las dos manos como si fuera a arrancársela y acababa señalando con el dedo índice de la mano derecha a sus dos padres. Después de verlo nos preguntaron a quién estaba apuntando esa mujerTod@s respondimos lo mismo, a los padres. Una clara proyección de nuestro estado mental.

Volvieron a poner el vídeo y lo detuvieron y ampliaron en el instante dónde apuntaba a sus padres. Tod@s nos mirábamos confirmando nuestra percepción. Entonces, el profesor dijo: ¿De los cinco dedos de su mano, cuantos apuntan a los padres? ¿Uno verdad? ¿Y cuantos a ella misma?. Recuerdo como volvió la misma sensación que había tenido unos minutos antes con la frase.

Lo que percibimos de lo que vivimos es una interpretación que depende de toda la información que almacenamos en nuestro inconsciente. No somos esclav@s de ello cuando la misma cadena puede volverse la llave de nuestra liberación. Si yo sé que lo que vivo es una proyección de mi mapa de la realidad, ni bueno ni malo, el mío, el que he ido construyendo para sobrevivir en mi entorno; mis experiencias son información para comprenderlo y poder transformarlo. Tengo la oportunidad de elegir entender que lo que vivo es neutro y que su teñido, de color o en blanco y negro, es mío y por tanto puedo transformarlo; o bien seguir culpando a quién o qué esté ahí como espejito mágico para seguir liberándome de mi responsabilidad, y a la vez, consecuente e inconscientemente seguir así encadenándome y regalando mi poder.

Si. La libertad conlleva una gran responsabilidad y por eso asusta. Yo pero decidí abrazar y trabajar mis miedos antes que regalar cada segundo de mi vida.