¿Las personas pueden realmente cambiar? Descubre la llave de toda evolución

Ingrid, ¿Tu crees que las personas realmente cambian? Me quedé unos instantes en silencio. Sabía que la pregunta partía de una creencia adquirida y extendida socialmente, respaldada de un valor muy buscado y sobrevalorado, la seguridad. Creernos que no podemos cambiar nos hace sentir seguros, en la zona de confort. Y es que preferimos evitar el dolor que gozar el placer.

Le respondí, como siempre, desde mi experiencia. «Si no fuera posible cambiar yo seguiría viviendo la experiencia de la bulimia; pero yo no era bulímica, estaba viviendo esa experiencia en ese momento de mi vida». La verdad, no sé si me expresé con la simplicidad necesaria para que el cerebro no entre en shock, en resistencia; pero su silencio y media sonrisa me hizo suponer e interpretar que algo se encendió en él. A la vez esta preguntita rodó por mi mente casi hasta las dos de la madrugada.
¿Cómo podía explicar algo tan complejo de forma simple?

Cogí mi libreta, una hoja en blanco, y escribí: «Yo no soy una niña mala. Yo me comportaba mal a los ojos de mis padres». Me quedé un tiempo en silencio, con la mente en blanco y mis ojos clavados en la frase. Entonces, sentí de nuevo esa sensación de «revelación o iluminación» a la que yo llamo «EUREKA». Es como si de repente siento una expansión, una apertura a más posibilidades de las que minutos atrás contemplaba. Una sensación de estar cada vez más conectada a todo, de formar parte.

Son nuestras etiquetas sociales de identidad las que nos frenan a la hora de cambiar. Son las que atribuyen a nuestros pensamientos y acciones en situaciones determinadas una identificación con «nuestro ser» cortando así cualquier posibilidad de cambio y evolución. ¿Si yo soy mala cómo voy a dejarlo de ser? En cambio, si yo me estoy comportando «mal» en cierta situación y bajo el juicio de ciertas personas, tengo todas las posibilidades de seguir siendo «buena» o no sentirme mala. Si tu a un niño le dices que es torpe cuando cae, él crecerá sintiendo e identificándose con «el ser torpe» y todo lo que conlleva ese concepto; condicionándolo en todos los niveles neurológicos inferiores: creencias, valores, capacidades, comportamientos y entornos.

Nuestra forma de hablar condiciona un 100% nuestra vida. Ahí podemos empezar a poner atención y a transformar. Lo que hacemos no es lo que somos. Lo que hacemos tiene que ver con toda la estructura mental, el mapa en piloto automático, que hemos ido creando por no cuestionarnos nada. Detrás de todas nuestras experiencias y situaciones que vivimos en cada uno de nuestros entornos, hay nuestros comportamientos influenciados por los recursos y capacidades que sentimos que tenemos o carecemos, nuestros pensamientos del porqué y para qué actuamos así y todas las etiquetas con las que nos identificamos por ello «yo soy» y «yo no soy».

De modo que a la señora pregunta de mi amigo le respondería con una serie de ellas: ¿Por qué me lo preguntas? ¿Para qué me lo preguntas? ¿Quién eres ahora y quién quieres ser? ¿Qué te define? ¿Qué no te define? ¿Qué crees que tienes para aportar al mundo? ¿Qué crees que hay más allá de ti, de mi, de nosotros?
Detrás de estas cuestiones, hay información que condiciona un 100% su posibilidad al cambio. Aquí radica la llave de toda evolución: la autoindagación y la desprogramación.

Lo que crees es. ¿Lo bueno? Depende absolutamente de ti. El cambio está en tus manos y en la de todos nosotros…

«Si tu cambias todo cambia». Y la cuestión es: ¿Te atreves a cambiar?

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