Hazte esta pregunta y tu vida cambiará para siempre

No hubiera imaginado nunca que una simple pregunta, una sola palabra, tuviera tantas respuestas escondidas y hubiera movido tanto mi vida como lo hizo y sigue haciendo hoy en día.

¿Eres coherente contigo misma?
¿Coherente? No entiendo. Bien Ingrid, ¿Lo que piensas, lo que sientes y lo que haces sigue la misma línea? Es decir, si piensas que no te gusta tu trabajo, si sientes que no te gusta tu trabajo, ¿Sigues trabajando en esto o en esta misma empresa? Me puse a la defensiva. ¿De algo tendré que vivir no? Como si fuera tan fácil. Su mirada fija en mí y silencio fueron una respuesta más que clara.

Ese día, con mi particular impaciencia de esos momentos de mi vida, hice el ejercicio que me mandó para una semana vista: revisar cada área de mi vida preguntándome si era coherente conmigo misma. El ejercicio acababa aquí. Yo pero, acabé con todo aquello que me di cuenta que no estaba en coherencia conmigo. Dejé mi trabajo, dejé a mi pareja de aquel entonces, me puse a mirar nuevos pisos, me apunté a un nuevo máster que hacia tiempo que quería hacer, quede con mi madre y con mi padre para leerles esas cartas que les hice en mi trabajo con el perdón, me apunté a meditación y yoga, me pagué un viaje a Madrid a solas, me compré 3 libros de alimentación sana y equilibrada, me cogí a un entrenador personal y empecé a renovar mi armario.

En la siguiente sesión del máster cuando conté lo que había hecho, la profesora sonrío. Me había avanzado tres ejercicios. Me preguntó por qué había hecho todo eso, de qué me había dado cuenta y cuáles eran mis próximos pasos. Yo fui muy sincera y le dije que me había dado cuenta de que me había vuelto muy consciente de lo que quería y no en mi vida, de mis patrones, creencias y programas inconscientes, de mis reacciones y comportamientos; me conocía cada vez más profundamente y conocía a mi mente lo suficiente para empezar a ser una herramienta de mi barco y no el capitán. Aún así, seguía haciendo muchísimas cosas que no eran nada coherentes con mi nueva forma de pensar y sentir; o mejor dicho, seguía haciendo nada, ninguna nueva acción. Me mantenía en lo familiar.

De modo que, después de hacer una lista más larga que la de todos los niños de mi pueblo a los reyes magos sobre las cosas, las situaciones, las personas en mi vida con las que no me sentía yo o simplemente no eran afines a la persona que llevaba ya un par de años trabajándose día tras día; actué en coherencia. ¿Qué pienso de «x»? ¿Qué siento de «x»? ¿Qué estoy haciendo con «x» hasta ahora? ¿Qué otras cosas podría hacer con «x» en coherencia con lo que pienso y siento? ¿Qué necesito para hacerlo? ¿Puedo hacerlo ahora? La última pregunta fue clave. Si por aquel entonces no hubiera podido dejar el trabajo por tema económico hubiera montado un plan de acción que me hubiera llevado a verlo como algo temporal, transitorio, que estaba a punto de cambiar.

La profesora volvió a sonreír y nos dijo: el 90% de nuestros conflictos internos están estrechamente relacionados con nuestra falta de coherencia. Des de ese día, cada domingo, reviso todos mis objetivos diarios y semanales, reviso mis tres agradecimientos, tres aprendizajes, tres ladrones de tiempo, tres logros… y cuando no he hecho alguna cosa me hago esta pregunta mágica. En la gran mayoría de casos descubro falta de gestión del tiempo, la cual hoy en día trabajo intensamente y mis resultados son impresionantes; alguna vez descubro que tengo que trabajarme la delegación de tareas, otras que quiero seguir trabajándome la paciencia y en pocos casos que realmente no quiero hacer eso. Sea como sea, esta pregunta fue un antes y un después en mi vida.

¿Y tú, te atreves a cuestionar la (in)coherencia en tu vida? ¿Te atreves a poner orden en tu caos ordenado? ¿Te atreves a responsabilizarte de tus conflictos internos?.

Recuerda: siempre hay un motivo tras tu cansancio, ansiedad, estrés, postergación, enfado, frustración… y no, no son ellos, eres tu.

¿Y tú sabes a qué precio te vendes? ¿Sabes quién está viviendo tu vida?

¿Cuál es el verdadero precio de lo que estás comprando? Y no, no me refiero precisamente a algo material, aunque puedes aplicar también la misma pregunta. ¿Te has cuestionado alguna vez la finalidad de comprar una respuesta, una explicación, un concepto, una teoría o un por qué? Piénsalo.

Hay muchas cosas que nos diferencian de los niños; y me refiero a niños por edad, ya que de adultos no dejamos de ser ese niño aunque a estas alturas de la película ya estemos adiestrados en la gran mayoría de casos en casi todas las situaciones, aspectos y áreas de nuestra vida. Si, inconscientemente, sr/a rebelión, tú también lo estás. Una de ellas, para mi la más reveladora, es la curiosidad, esta que, lejos de llevar a matar ningún gato, nos conduce a cuestionar(nos). Si lees mis post, ya puedes deducir que yo sigo teniendo latente esa niña cuestiona todo, pero seguramente interpretarás que siempre fue así. Cierto, nunca perdí esa parte de querer comprender todo pero si la de comprarlo.

Esta es la parte que nos diferencia también de los niños, aunque no la solemos aplicar o despertar. No dependemos de nadie. Somos suficientes para y con nosotros mismos. Aun así, seguimos pagando el precio de haberlo sido de pequeños. Nos «enseñaron» mucho de todo aquello que queríamos entender y saber y mucho otro de lo que ni siquiera nos interesa ni usamos ahora. Pero, ¿Alguien te dijo que sus respuestas no eran suyas? O mejor dicho, ¿Alguien te dijo qué experiencias y circunstancias de su vida iban de la mano de sus respuestas? Es más, ¿Alguien te dijo que cabía alguna posibilidad de que existieran más respuestas que esa y que tú podías descubrirlas, o incluso, crearlas? Muchas de las respuestas que yo recibía eran: porqué si o porqué no, y algún porqué lo digo yo.

Sí, puede que yo fuera ese gato que nunca moría porqué no quería volverse un buen perro educado; pero ni siquiera estas respuestas me servían. En mi diario solía apuntar las diferentes contestaciones que recibía a mis inquietudes de varias personas a las que avasallaba a preguntas. Era curioso, pocas veces coincidían, y si lo hacían era en el formato de verdad absoluta e incuestionable; cómo una especie de acuerdo invisible. Ese diario, o los cinco del mismo estilo, fueron base en mi viaje del autoconocimiento y desarrollo personal. El precio de comprar lo que los demás se auto vendían, era mi vida.

Lo que tú crees, creas. Así que sí. Escoge morirte (social y culturalmente) por ser un gato independiente y cuestiona todo, antes de vivir enjaulado y a silbatos externos. Escoge el precio o mejor aún, el valor, de las ideas, los conceptos, significados y formas de tu vida; antes de experimentar o copiar la programación robótica de otro. Descubre(te) en cada llamada interna en forma de pregunta y que tu respuesta sea tu única y verdadera ciencia; tu experiencia.

Vive o deja morirte en vida por escoger vivir en la ignorancia. Tu vida, es tuya. Tu decides.

El secreto de vivir en paz

Recuerdo el día que descubrí un mensaje, una idea que cambiaría mi forma de ver la vida y vivir para siempre. Fue al principio de mi viaje de autosanación y autoconocimiento, en una de las visitas a clientes que tenía por aquel entonces. La mujer pintaba y creaba sus propias cuadros. ¿Coincidencias? ¿Casualidades? No creo. Me recibió con una energía, una alegría y fuerza de vivir, que me recordó al instante a mi abuela. Su sonrisa era permanente.

Nos sentamos en el salón. Me era muy difícil concentrarme porque el piso entero me cautivaba. Me sentía en casa. En medio de nuestra conversación, me detuve, no podía sacarme de la mente la frase escrita en aquél cuadro de madera encima del televisor. La frase había roto algo o quizás todo dentro de mí. «La vida no te sucede a ti, sucede por y para ti». ¿Cómo? Le pregunté. No lo entiendo. Me sonrío, me cogió la mano y me dijo: todo es un reflejo cariño, si observas te observarás y entonces tendrás todas las respuestas, toda la información que necesitas y que tanto buscas. Entonces, podrás cambiar tu realidad.

Se me humedecieron los ojos. No entendí nada en ese momento, la verdad, pero lo sentí. Fue la primera vez también que vi cómo era mucho más que mente. Algo dentro, comprendió todo. Sentí una especie de poder interno. Sentí una fuerza que me gritaba sin voz: ¡tú puedes! Abre los ojos. Tuve un cambio de chip interno. Una parte mía estaba deseando salir de ahí e ir al mar, tumbarse, llorar y escribir. Se había detonado una bomba interna. La otra parte, sin saber yo muy bien porqué, quería abrazar a esa mujer y pasarse horas con ella. Aguanté como pude el llorar y el «te quiero» que sentía sin lógica para mi en aquel entonces cuando me abrazo. Susurre un gracias.

Estuve cómo hipnotizada durante el trayecto en moto hasta mi playa, el lugar que fue mi refugio desde bien pequeña. Mi medicina natural. Tiré el maletín y me dejé caer hacia atrás, tumbándome en la arena. Sentí un hormigueo por todo mi cuerpo y rompí a llorar. Un llanto especial. No era tristeza ni rabia, tampoco alegría. Era una mezcla de emociones y el resultado no tenía palabra para ser definido. Me sentía liberada. Sentía una especie de paz que no recordaba haber sentido hasta ese instante. Una calma, un «todo está bien».

Estuve tiempo sin reloj ahí. Estirada. Sin pensar ni entender nada y sintiendo todo.
Me incorporé a mirar el mar y ya era de noche. Sonreía sin motivos concretos. Cogí el móvil para escribir todo lo que había vivido. Siempre ha sido mi forma de expresar y me encanta. Por primera vez, no encontraba palabras. Me quedé un buen rato observando la pantalla en blanco del bloc de notas. Cerré los ojos y respiré tan profundamente que hasta dejé ir un ruido casi cómo el de algunos hombres en el gimnasio. Liberador, la verdad. Entonces, lo sentí.

Escribí: Me rindo. Este es el secreto. No puedo encontrar mi paz si vivo en lucha. Acepto. Suelto. Todo está ahí para mí. Gracias.