¿Sabes qué es lo que realmente buscas cuando viajas? Descubre cómo obtenerlo en tu día a día

¿Por qué viajar nos da tanta vida? ¿Por qué deseamos tanto viajar? ¿Por qué deseamos tanto esas escapadas de fin de semana? Son algunas de las preguntas que más me he hecho al observar como mi estado emocional mejoraba consideradamente cuando se acercaba el momento de preparar el viaje, la maleta y volar o coger cualquier transporte que me llevara a un lugar desconocido para mí.

Fue uno de mis experimentos. Observar y observarme mientras dejaba atrás mi día a día con el objetivo de desconectar, dándome cuenta que la finalidad era totalmente opuesta; conectar(me). Después de 3 años viajando con más frecuencia de lo habitual, leí todas mis notas, apuntes y reflexiones tomadas en cada uno de mis escapes. Tome consciencia de muchas cosas, todas mías, y de dos factores que se repetían ya no solo en mí, sino en tod@s aquell@s que pregunté por su placer de viajar.

El primero era el echo de que todo era nuevo, y por tanto, el estado de ilusión, sorpresa, descubrimiento y crecimiento, estaban más latentes que nunca. Traducido a mis investigaciones, el piloto automático desaparecía gran parte del tiempo, ya que nada era conocido, y por tanto, la atención, la consciencia aumentaba considerablemente y los estados de excitación la acompañaban.
El segundo, estrechamente relacionado con el primero, era el presente. Viajar llevaba de la mano vivir en el ahora. La sensación de desconectar de todo, hacía que conectáramos con nosotros y con lo único que realmente existe: el aquí y el ahora. De modo que así aumentaba también el disfrute, la apreciación, la satisfacción y la paz.

Después de leer todas las cápsulas informativas tanto mías como de los demás, concluí la reflexión con una pregunta: ¿Es necesario viajar para despertarnos? ¿Es necesario movernos físicamente para conectar con nosotros y con la vida? ¿Es necesario huir para vivir? Y la que más me movió a mí ¿Puedo conseguir esto sentada en mi habitación, andando por mi pueblo y con mi rutina diaria? Para mí la palabra necesidad está más hinchada que nuestro estómago en fiestas navideñas. No necesitamos nada más allá de lo esencial para vivir. Lo demás es un regalo. ¿Por qué no nos dábamos cuenta del regalo de consciencia que obteníamos viajando? Ser y estar en este momento. Eso era lo que nos hacía vibrar tan alto. Conectar y conectarnos. Sentir aquí y ahora.

¿Podíamos hacer esto en nuestro día a día?

Como todas las preguntas, las respuestas nos llevan a nosotros. Todo depende de ti. Yo, sin duda, después de esta gran toma de consciencia, decidí vivir mi día viajando. Ducharme cuando me estaba duchando, comer cuando estaba comiendo, estar con los míos cuando estaba con ellos, trabajar cuando estaba trabajando. Cambié mi forma de percibir mi día y transformé el concepto de rutina. No hay ni un día igual. Ni uno. No hay ni un instante idéntico. Todo es un regalo, todo. Vivimos en la culpabilidad, arrepentimiento y remordimiento por un pasado que se fue y en una preocupación y miedo por un futuro que no existe. Ambos estados sirven un propósito inútil: te mantienen inquieto e inmóvil en tu momento presente, en tu vida.

¿Te encanta viajar? Viaja contigo y junto a ti segundo tras segundo, experiencia tras experiencia. Abre los ojos, la vida está ahí para ti.

¿Qué nos sucede con la lluvia? Una de las grandes maestras

Cuando era pequeña mi abuela me regaló un libro que tenía por título: «El porqué de las cosas». Y como todo, no fue una casualidad. Desde que empecé a hablar, una de mis palabras favoritas y puede que la más usada era esta. Buscaba siempre el sentido a todo. A medida que iba creciendo esto me llevó a ser etiquetada desde pesada a paranoica. Aunque yo nunca me sentí así. De hecho, esta fue una mis bases para ser quién soy ahora, una de mis bases para salir del piloto automático, una de mis bases para comprobar todo desde mí y por mí, y por tanto, convertirme en una observadora con vista de pájaro de mi vida.

Cuando empecé conscientemente el camino del autoconocimiento, auto sanación y ayuda, y desarrollo personal; no tardé mucho en transformar el porqué al para qué. Decidí entender la finalidad de las cosas antes de darle a mi mente el poder de crear mundos con su mapa, mi mapa estructurado. Al principio me costó un poco. Me di cuenta que el por qué me ayudaba a justificar(me), excusar(me), culpar(me) y resignarme apuntando fuera, sintiéndome sin poder para transformar nada. Además, muy a menudo, en casa y hasta en la escuela y trabajos posteriores, recibía como respuesta: por qué sí o por qué no; y más de algún porque lo digo yo.

Hace unos años os diría que soy curiosa, filósofa y una busca cien mil pies al gato. Hoy os digo que escojo serlo. CUESTIONAR me ha llevado a encontrar mi camino sin perderme en el de los demás, en el establecido. Cuestionar me ha llevado a salir de muchos automatismos y programas inconscientes; y a la vez, a entrar en pozos muy profundos, sensaciones de sin sentido y de pérdida que me parecían interminables. Cuestionar me ha echo sentir todas mis emociones tan intensamente que me he convertido en su gestora personal. Cuestionar me ha llevado a comprender y convertirme en la mejor aliada de mi mente y sobretodo mi cuerpo.

Hoy está lloviendo y desde que me he levantado me han entrado unas ganas inmensas de escribir este post. Desde que soy pequeña observo como la lluvia se lleva muchas de las máscaras sociales. Observo como detona todas esas emociones que tenemos como piedras de barro dentro y con ella se deshacen. Observo como no se puede acudir a la gran mayoría de parches y a los que sí ni si quiera calman ese vacío, ese ruido interno. Desde que soy pequeña no entendía porqué la lluvia ponía triste, enfadados cansados o con el famoso «hoy estoy como el día» a los mayores. A mí, me encantaba.

Cuando revisé mis diarios de pequeña y adolescente vi que habían más de 50 escritos sobre la lluvia y cómo observaba que influía en el resto, así que empecé a buscar la relación que había. Por aquel entonces ya sabía mucho de nuestras evasiones, apegos, huídas, resignaciones, represiones y negaciones emocionales. Conocía el funcionamiento de la mente de pe a pa, como las experiencias se teñían de positivas o negativas, el mecanismo de las emociones, las dinámicas y actitudes del ego, y sobre todo, lo que yo pasé a llamar la círculo del (des)apego o rueda de hámster. La lluvia tenía el poder de mostrarlo sino todo, la gran mayoría, a la vez.

¿Cómo te afecta a ti la lluvia? Bien. Ahora, deja de culparla a ella. Deja de proyectarte en ella. ¿Qué haces tú en los días de lluvia? ¿Qué no haces o sientes que no puedes hacer? ¿Que tiene para ti un día de lluvia que un día sin lluvia no? ¿Y a la inversa?
Te invito a que te tomes aunque sean solo 10 minutos contigo cuando llueva. Primero, responde estas preguntas escribiendo las respuestas en papel. Luego sin leerlo de nuevo, cierra los ojos, respira profundamente las veces que necesites para relajarte y pregúntate: ¿Cómo me siento? Ahí tienes la respuesta.

La lluvia de por si no tiene nada. Ella, como todo lo que te rodea, solo tiene el poder de detonar lo que tu ya tenías y tienes dentro. Y ese poder, recuerda también, que fuiste tu quién un día se lo dio.
La lluvia, tiene un tinte social muy categorizado, muy asociado con emociones también etiquetadas como negativas; por eso, en tu camino, en tu viaje de autoconocimiento puede ser una gran maestra. Eso, depende de ti.

¿Te atreves a pasar por agua todo lo que crees y crees ser?

¿Qué hay detrás de la famosa frase «el tiempo lo cura todo»?

Dicen que el tiempo todo lo cura y yo tengo claro que no cura nada. No solo lo he comprobado en mis carnes, lo he visto en cada persona que he acompañado. Esta famosa frase forma parte de una educación de «balones fuera». Forma parte de la famosa rueda de parches en la que nos montamos a pronta edad y seguimos ahí, esperando a que alguien o algo nos saque. Forma parte de un comportamiento victimista. Y aún más, de una gran anulación de nuestro propio poder.

Si preguntas a diez personas qué es el tiempo, ninguna te va a responder lo mismo. Es más, mínimo siete de ellas no van a saber qué responderte. Cada un@ definirá este gran concepto según cómo lo viva, y por tanto, su percepción. Aquí está la clave. No es el tiempo sino lo que tu haces con él lo que le da valor, significado y acción. Cuando se dice que el tiempo lo cura todo, lo que realmente hay detrás es: distracción tras distracción, parche tras parche y culpar tras culpar acalla el dolor. Como una pastillita calmante. Una tras otra. Anulamos nuestra responsabilidad sin darnos cuenta que así matamos también nuestro poder y nos convertimos en esclavos de nuestras evasiones.

Con el tiempo, si observamos bien qué es exactamente aquello que creemos que «ha curado», si realmente nos atrevemos a ser sinceros con nosotros mismos; podemos ver que hemos ido evitando el dolor, que hemos ido huyendo de aquello que nos dolía, convenciéndonos con lo que nos sirviera, distrayendonos con sustitutos, saltando de rama en rama sin mirar atrás. Lo curioso de todo esto es que no nos damos cuenta que lo que pasó, pasó y que de lo que intentamos huir con todas nuestras fuerzas es algo que está en nuestro interior, algo que solo sentimos nosotros. El dolor es nuestro.

No nos damos ni cuenta y vamos llenando la mochila, cargando con ella día tras día. Y así con el tiempo, solo nos limitamos a vivir con cuidado para no desmontarnos el puzzle frágil, las piezas de experiencias dolorosas que nos marcan qué vivir y qué no, limitándonos a aquello que fuera de hacernos sentir bien, no nos haga sentir mal o nos recuerde lo que dolió y sigue ahí.

Con el tiempo no nos curamos, nos anestesiamos y matamos nuestro fluir, nuestra libertad. Con el tiempo nos convertimos en reconstrucciones a base de tiritas, deseando que ninguna se despegue, buscando al máximo las garantías de seguridad falsas, lo familiar, lo cómodo y fácil. Aquello que nos permita sentir en control.

Así que sí, el tiempo lo cura todo. Cura el amor, cura la improvisación, cura la vitalidad, cura nuestros sueños, cura nuestr@ niñ@ intern@ y hasta cura nuestra autenticidad, nuestra parte única e irrepetible. El tiempo cura nuestro crecimiento. El tiempo cura nuestra vida.

Si no vivimos nuestro tiempo, el tiempo que vivimos, estamos muertos en vida.