¿Por qué a mi? Una frase que cambió mi forma de ver y vivir mi vida

Recuerdo el día que descubrí un mensaje, una idea que cambiaría mi forma de ver la vida y vivir para siempre. Fue al principio de mi viaje de autosanación y autoconocimiento, en una de las visitas a clientes que tenía por aquel entonces. La mujer pintaba y creaba sus propias cuadros. ¿Coincidencias? ¿Causalidades? No creo. Me recibió con una energía, una alegría y fuerza de vivir, que me recordó al instante a mi abuela. Su sonrisa era permanente.

Nos sentamos en el salón. Me era muy difícil concentrarme porque el piso entero me cautivaba. Me sentía en casa. En medio de nuestra conversación, me detuve, no podía sacarme de la mente la frase escrita en aquél cuadro de madera encima del televisor. La frase había roto algo o quizás todo dentro de mí. «La vida no te sucede a ti, sucede por y para ti». ¿Cómo? Le pregunté. No lo entiendo. Me sonrío, me cogió la mano y me dijo: todo es un reflejo cariño, si observas te observarás y entonces tendrás todas las respuestas, toda la información que necesitas y que tanto buscas. Entonces, podrás cambiar tu realidad.

Se me humedecieron los ojos. No entendí nada en ese momento, la verdad, pero lo sentí. Fue la primera vez también que vi cómo era mucho más que mente. Algo dentro, comprendió todo. Sentí una especie de poder interno. Sentí una fuerza que me gritaba sin voz: ¡tú puedes! Abre los ojos. Tuve un cambio de chip interno. Una parte mía estaba deseando salir de ahí e ir al mar, tumbarse, llorar y escribir. Se había detonado una bomba interna. La otra parte, sin saber yo muy bien porqué, quería abrazar a esa mujer y pasarse horas con ella. Aguanté como pude el llorar y el «te quiero» que sentía sin lógica para mi en aquel entonces, cuando me abrazo. Susurre un gracias.

Estuve cómo hipnotizada durante el trayecto en moto hasta mi playa, el lugar que fue mi refugio desde bien pequeña. Mi medicina natural. Tiré el maletín y me dejé caer hacia atrás, tumbándome en la arena. Sentí un hormigueo por todo mi cuerpo y rompí a llorar. Un llanto especial. No era tristeza ni rabia, tampoco alegría. Era una mezcla de emociones y el resultado no tenía palabra para ser definido. Me sentía liberada. Sentía una especie de paz que no recordaba haber sentido hasta ese instante. Una calma, un «todo está bien».

Estuve tiempo sin reloj ahí. Estirada. Sin pensar ni entender nada y sintiendo todo.
Me incorporé a mirar el mar y ya era de noche. Sonreía sin motivos concretos. Cogí el móvil para escribir todo lo que había vivido. Siempre ha sido mi forma de expresar y me encanta. Por primera vez, no encontraba palabras. Me quedé un buen rato observando la pantalla en blanco del bloc de notas. Cerré los ojos y respiré tan profundamente que hasta dejé ir un ruido casi cómo el de algunos hombres en el gimnasio. Liberador, la verdad. Entonces, lo sentí.

Escribí: ME RINDO. Este es el secreto. No puedo encontrar mi paz si vivo en lucha. ACEPTO. Suelto. Todo está ahí para mí. Gracias.

Lo que nadie te dice sobre el lunes

El síndrome de los lunes

Me encantan los lunes. Sí, has leído bien. Creo que, al igual que la etapa de la adolescencia, al igual que los días de resaca, los cafés con (des)conocidos de noches de fiesta o los momentos más inestables de nuestra vida; «esconden» una información super poderosa de nosotros mismos. Te has parado a pensar, ¿En que exactamente se diferencia un lunes de un viernes?

Tu piloto automático, tu huida y negación a parar contigo no te permite ver qué es aquello que detonan tus lunes. Las preguntas son la clave de la toma de consciencia. Ese darte cuenta de algo a lo que hasta ahora no has querido prestar atención. Más tarde o temprano, lo acabas haciendo. Sea por ganas de conocerte más, de desarrollarte a nivel personal/profesional o en el 90% de los casos, por no poder soportar más tu dolor. El cual lleva cociéndose a fuego lento hace años.

Yo odiaba los lunes. Lo hacía con todas mis fuerzas. De hecho, los domingos al atardecer ya empezaba a sentir lo que llamé más tarde «el síndrome». Fui del 90%. Negaba tanto mi dolor, me protegía tanto de sentirlo, de sentirme vulnerable, que su inmensa densidad empezó a somatizarse en mi cuerpo. Lo hizo de muchas formas, pero como un buen día bien me dijo mi padre «hasta que no te estampas, no quieres ver nada. Espero que la ostia no te mate». Estuvo a punto.

¿Que estaba haciendo con mi vida? ¿Porqué me conformaba con vivir de esa forma? ¿Porqué me sentía tan incapaz, tan perdida, tan muerta en vida? ¿Qué había detrás de todo esto? ¿Podía hacer algo para cambiarlo? Odiarlo, estar enfadada con el mundo, la vida, mis padres, mi jefe, la sociedad, los clientes y hasta el maquinista del tren; no me ayudaba en nada. Más bien, eran piezas de esa bomba que estaba dentro de mí y que con solo el ruido de unas agujas de reloj en noches de silencio, ya se detonaba.

Pero, nada más levantarme los lunes, sabiendo que era lunes, ya sentía de todo en mi interior. Ahí, no había nadie a quien culpar. Estaba yo sola, con mi alarma hiperreprogramada cada 5 minutos, mi cara de muerta y mi super alegría de vivir. ¿Y martes? Bueno, estaba más cerca de miércoles que era mitad de semana y ya veía el viernes de refilón. Y… ¿qué hacía el viernes? Amigos, fiesta, compras, trabajar en un proyecto propio, estudiar lo que me apasionaba, deporte y cafés filosóficos.

La gran mayoría de las cosas, la gran mayoría de las veces, eran parches. Distracción, evasión. Mi proyecto, escribir, soñar en lo que quería hacer «algún día cuando…» Y los brainstorming, no. ¿Quién me había a mi dicho qué eso solo podía hacerlo los fines de semana? ¿Desde qué pensamiento estaba escogiendo mi vida? ¿No había más formas?. Los lunes fueron mis grandes amigos para el cambio en mi vida. Fueron el dolor que me empujó a moverme.

Hoy en día, los lunes, así como todos los días de la semana son mi vida, y esta me encanta.

El secreto de las emociones

Desde pequeños nos educan bajo conceptos. Cada concepto, en función de la familia, la cultura, y las experiencias propias a las que vas etiquetando, tiene un significado único y particular para cada uno de nosotros. Nos enseñan con el bien y el mal, el éxito y fracaso, el premio y el castigo, lo positivo y lo negativo.

Una de las enseñanzas que más nos marca es la opresión, la represión, y la etiqueta negativa de muchas de nuestras emociones, las cuales, son totalmente naturales sentirlas. Nos enseñan que la rabia es peligrosa y está mal vista, que ante la tristeza tenemos que alegrarnos, poner buena cara, distraernos y tirar para delante. Nos enseñan que el orgullo, el sentirnos fuertes y bien con nosotros mismos es de creídos, ingeridos y chulos. Nos enseñan que la vergüenza es ridícula y que el miedo es de cobardes.

No hay ni una emoción que se libre. De hecho ni la alegría deja de estar condicionada. Hay situaciones donde no está bien estar bien. Todas, tienen connotaciones culturales, sociales y/o religiosas. Así que desde muy pequeños ya nos empezamos a sentir mal cuando sentimos en la gran mayoría de casos. Comenzamos a reprimir, a evitar, a oponernos a nuestra naturalidad, la emoción. Construimos mascaras. Y aunque solo hay dos días en los que socialmente está bien visto disfrazarnos, lo hacemos día tras día. El famoso ego.

Después de años trabajando con las emociones, primero conmigo y luego también con mis clientes; después de años observando nuestro comportamiento frente a ellas, he descubierto que todas, absolutamente todas son imprescindibles para la supervivencia. Es a través de ellas como aprendemos, es a través de ellas como nos protegemos hasta que tomamos consciencia y somos capaces de gestionar(nos) día tras día. He aprendido que nada tienen de positivo o negativo, sino de esencial. He aprendido a vivirlas como aliadas, como botones de detonación interna para entender(me) y trabajar(me).

Aprendí que el miedo me llevaba a la precaución antes de ser consciente y responsable en mi vida y poder decidir por mi misma en qué poner más atención y presencia. Aprendí que el orgullo me ayudaba a sentirme fuerte y tirar para delante disminuyendo la sensación de inseguridad, de inferioridad, de no sentirme suficiente; actuando con una guerrera interna que se sobrepone a todo por no saber gestionar nada. Aprendí que la vergüenza me ayudaba a pasar desapercibida y a entrar más en mí cuando no me sentía segura en mi entorno.

Aprendí que la rabia me impedía sentir el gran dolor que no sabía manejar dentro, que la tristeza me enseñaba que las cosas no pueden ser como yo quiero y no tengo control sobre lo externo, que tenía que aprender a aceptar y dejar de luchar contra todo y todos (la gran mayoría de veces, inexistente(s)). Aprendí que la culpa formaba parte de una educación de manipulación, control y poder; que sentirme o no culpable no dependía de nada más que la autoridad que cedía a alguien por encima de mí y por ello debía trabajar en mi esencia y mi forma de concebir mi mundo.

Aprendí que temer sentir, que reprimirlo, enjaularlo, evitarlo… no hacía que este desapareciera, más bien lo contrario, que se expandiera y me presionaba hasta sentirme perdida en mi vida. Una bomba que se detonaba con el primer coche que me pitara en la carretera. Aprendí que el mismo temor a sentir dolor ya era sentir el mismo. Aprendí que sin las emociones vivía en guerra constante, un disfraz permanente y un vacío sin fondo.

Aprendí que ESTABA EN MIS MANOS vivir o seguir muerta en vida.

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